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15.2.12
5.2.12
Juan José besó su frente, susurró a su oído y quedó perdonado.
Pidió que no vendaran sus ojos porque le parecía asquerosamente cobarde y sólo para traidores, y se colocó su mano derecha sobre su corazón. Se preguntó si sus nudillos serían suficientemente fuertes para proteger al cuerpo humano de una descarga múltiple de fusil a quemarropa. Deseó haber llegado más lejos.
La primera descarga voló el tórax de Miguel en mil pedazos, cayendo éste al suelo, sus pulmones, corazón y tráquea completamente destruidos. Jaló aire y gargareó sangre espesa, oscura. Después de un segundo intento de respirar, se dio cuenta de que sangraba a galones por diferentes y variados orificios de su débil carne.
Una segunda ronda de descargas fue más certera, y su cuerpo permaneció inmóvil mientras los soldados de quince años limpiaban sus fusiles y discutían con mucho temor- qué hacer cuando se acaba la comida.
Uno de los soldados se metió el rifle entre las piernas y tapándose una fosa nasal, expulso un largo hilo de moco, que terminó por embarrarse en la camisa de su padre, accionando su arma le voló una oreja al cabo de al lado.
Más noche recibió más de veinte latigazos en las nalgas. Tragó un poco de tierra por mera curiosidad y durmió boca abajo.

