21.4.11

Búbalo

Una noche en el trabajo, me mensajeó mi jefa diciéndome que preparara un rollito para una presentación del día siguiente. Usando mi avanzado léxico corporativo asentí y una vez que se apagó su foco del Communicator, me subí a mi carrazo nuevo, Chrysler 200 2011, y aspirando el aroma a vehículo nuevo y ruina financiera, mis sienes eyacularon endorfinas líquidas de la cosquilleada cerebral que me acariciaba, del cerebelo a los huevos, nomás de pensar en la majestuosa peda juevera que estaba por ponerme y hermanos y hermanas, que me puse.

Me levanté en mi cama vestido de pies a cabeza en ropa apretadísima y camisa con tres botones desabrochados, mis botines negros picudos rayados e impregnado de pies a cabeza de humo de cigarro, y una densa nube de alcohol flotaba en mi cuarto, empapando mi cobija negra exageradamente brillosa, la cual delineaba mi cuerpo en salitre de sudor seco en un hombre de Vitruvio, testigo silencioso de mi progresiva autodestrucción económica y social.

Tras un cague incompleto y un baño san carleño, arriesgué multas exageradísimas de 300 dólares por exceso de confianza en mis intoxicadas habilidades motrices y abroché mi cinturón casi llegando a la oficina. Me sequé el sudor con una revista de cupones y contemplando el desperdicio de energía al abrocharme el cinturón a estas alturas, me lo quité y me metí a la oficina: un mar de sueños rotos encapsulados en tristes cajas grises cubiertas de fábrica barata.

Hice fila en la cafeta y me senté con los coworkers, y mientras jugaban a una guerra de escupir los temas menos interesantes del mundo, me rei al ver unos mensajes y llamadas de madrugada. Otros tantos no me dieron risa y tiré mi charola con comida casi intacta.

Entré a la junta completamente sobreestimando mi preparación y subestimando la cantidad de ejecutivos de nivel medio-alto que habrían de estar presentes.

Pasando algunos de mis contemporáneos, sujetando hojas impresas, temblorosa e incómodamente leyendo sus discursillos baratos, sentí pena ajena y después muchísima sed.

Finalmente llegando mi turno, subí al frente y escuché un par de risas. "Reímos porque sabemos que va a estar chistoso" enunciaron unos gerentes, subiendo las expectativas de mi speech y confirmando de una buena vez que nadie me toma en serio en el trabajo.

Parándome un par de segundos frente a la multitud de ojos, de pronto escuché una voz conocida, la voz de la duda, la voz que escucho cuando está a punto de ocurrir un evento que va a perdurar por años en mi colección de arrepentimientos: "No tienes ni puta idea de lo que vas a decir" seguido por una risa macabra.

"Por donde empezar" escupí casi unaudiblemente, y sentí mi voz desquebrajarse un poquito al final, provocando un par de risas incómodas.

De pronto, blanco.












Viendo fijamente a la alfombra, mis oídos se agudizaron hasta que pude escuchar ojos volteándose a ver unos a los otros en el público. Sentí los diminutos ajustes en la forma de sentarse, sentí como cambiaron ligeramente las respiraciones, y lo peor de todo, escuché mi propio silencio, interrumpido por una palabra que no pude pronunciar bien en inglés porque me sonaba rara: integral, la cual en inglés es acentuada en la primera sílaba, y seguí oyéndome a mi mismo, horrorizado, repetirla una y otra vez, intentando encontrar sentido en el acento, y más silencio, y más miradas incómodas, un pequeño murmullo, y más silencio.

Sentí un disparo de adrenalina y doce mil años de instinto me prepararon para pelear o huir. Volteé a ver al público y me percaté que mi peda no me permitía aún enfocar la vista, e intenté hacer el truco de ver las frentes, pero era demasiado tarde. Silenciosamente me rasqué la frente con una sonrisa estúpida, sintiendo mi cara arder en rojo y mis huevos encogiéndose diminutos, queriéndose despegar de su vergonzoso y humillado dueño sin éxito.

Terminé de decir unas palabras con mi mente completamente evacuada de toda neurona, y construyendo un par de oraciones, terminé con un chiste que tenía preparado- lo único que tenía preparado, y lo dije de tal forma que no sólo dio lástima, sino que ni un alma concordó con la más mínima risa. Al final, caminé a mi silla y me senté, velozmente intentando recordar en dónde exactamente tenemos la yugular, viendo fijamente un tenedor, después una pluma, y finalmente un cuchillo de mantequilla, todos de plástico.

El cuarto se transformó a un tono de funeral y la junta continuó. Nadie se atrevió a voltearme a ver, y fue como si nunca hubiera nacido o existido ni en pensamiento de mis pobres y decepcionados padres.



Tuve una junta con mi jefa donde tratamos otros temas, y mi desempeño durante la presentación fue brutalmente ignorado, hasta que al final, ansioso por romper el glacial enorme que helaba el cuarto, le rogué a mi jefa que me pegara una cagada, que se burlara de mí, que me escupiera en la cara. Le pedí de favor que me diera una advertencia final por escrito, con la amenaza que la próxima vez sería el fin de mi empleo. Consideré ponerme de rodillas y llorarle, colgándome de su falda rogando perdón.

Mas hizo caso omiso de todo, con poca sinceridad expresó que no había estado tan mal, y me dio un par de instrucciones de otro tema, abandonándome en el cuarto de juntas.

El resto del día lo pasé petrificado frente a mi computadora sin mover un dedo, mientras se acumuló el trabajo, y el foco de Communicator de mi jefa se apagó una vez más.




Camino a mi casa tocaron en la radio la canción "The End" de The Doors, y no pude evitar pensar en la escena de Apocalypse Now cuando Willard emerge del fango y mata a Kurtz a machetazos, mientras que sacrifican al búfalo de agua.

Recordé que la escena del búfalo fue real, y no sólo la hicieron una sino una y otra y otra y otra vez, matando a varios, quizás decenas de búfalos, y tampoco pude evitar sentir un hoyo en la boca de mi estómago, un hoyo enorme y vasto como el túnel de fracaso más profundo y de densidad más espesa.

Hermanos y hermanas, que me puse otra peda esa noche.