Un marzo volé a Montreal para tomar un bus a Quebec. No llegué a tiempo del aeropuerto a la estación de autobús, y el último se fue sin mí.
Viéndolo del lado amargo, no hay peor cosa que dormir en una estación o en un aeropuerto. No hay nada abierto, más que máquinas de papitas. No hay nada que te haga extrañar más la comida de tu casa que comer papitas extranjeras en la madrugada. El tiempo se detiene, y te haces más alerta viendo tantos extraños, intentando divinar sus intenciones, y es imposible conciliar el sueño aunque se pudiera dormir en esas sillas baratas pegadas con descansabrazo entre cada asiento.
El taxista que me llevó del aeropuerto a la estación estimó que menos del veinticinco por ciento de los residentes de Montreal hablan inglés, pero entre mi miserable francés y gestos, pude mendigar un cigarro de un hombre que discutía impacientemente por teléfono, lo cual después supe que es una ofensa increíble puesto que...
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